Blog personal de Anabel Vélez. Periodista musical colaboradora de las revistas Ruta 66, Ritmos del mundo y la web MétronomeMusic. Lectora empedernida, cinéfila absoluta, melómana hasta las trancas. Escribo relatos y los publico aquí.
jueves, 16 de junio de 2011
Centauros en la noche
Centauros en la noche. Al menos eso era lo que pensaba. La imagen que le venía a la cabeza cuando cerraba los ojos, cuando por fin conseguía conciliar el sueño, era eso lo que veía. Hombres oscuros que se alimentaban de la luna, seres mitad hombre-mitad caballo que cabalgaban en la noche escondiéndose, criaturas nocturnas que aullaban a la oscuridad. Centauros en la noche, la luna llena y la inmensidad del cielo estrellado. Al principio los sueños le gustaban, seres increíbles que tomaban forma en su imaginación, pensaba. Pero luego, los sueños eran cada vez más oscuros y tenebrosos, sentía el frío en los huesos, el viento helado y la oscuridad que la carcomía por dentro. Iba en su sueño caminando por un bosque cuando el aullido del lobo la estremeció y la luz brillante de la luna la bañó al llegar a un claro entre los árboles. El dolor la invadió y cayó de bruces al suelo. Su cuerpo se convulsionaba y pensaba que iba a morir. ¿Qué le estaba pasando? Su cuerpo empezó a estirarse y a transformarse, le salió una cola larga y sedosa de pelo, las piernas se le deformaron y se multiplicaron hasta convertirse en cuatro, le salieron cascos, pezuñas, ¿qué era aquello? No sabía. Solo sabía que el dolor era insoportable. Perdió el conocimiento y cuando se despertó. Su cuerpo era mitad ella, mitad caballo. Centauros en la noche, pensó. Es mi sueño, me he convertido en centauro. Trotó por el bosque en busca de las llanuras y allí se reunió con los suyos. El frío acechaba y tenían que huir. Era el momento de marcharse le decían. Pero ella no podía irse aquel, era su hogar. Un ruido aterrador los sorprendió a todos y la manada huyó lejos dejándola atrás, cuando se giró para ver lo que los aterrorizó, soltó un grito desgarrador, sabía que iba a morir. Se despertó empapada en un sudor frío maldiciendo su sus sueños. Era de noche, la pesadilla había terminado pero ella seguía inquieta. Se asomó a la ventana y allí estaban esperándola. Su manada. Tuvo el impulso de girarles la espalda e ignorarlos pero no pudo. Nunca supo porque, la sangre le llamaba. Salió de su casa para siempre y no volvió. Algún día tendrían que enfrentarse a la oscuridad pero aún faltaba y hasta entonces tenía mucho que aprender, por lo menos ya estaba en casa. Con los suyos.
El cuento del cuento (IV)
Pingüino Uno y el Cuento no se llevan bien. Es que el Cuento es pequeño pero matón y tiene una mala leche impresionante. Eso a Pingüino Uno le importa un iceberg. Piensa seguir su viaje le guste o no al Cuento. Lo cierto es que el Cuento está celoso, sabe que él es cortoplacista y que Pingüino Uno es un valor a largo plazo. Está claro, al Cuento la competencia no le gusta y la palabra novela le aterra. Ya tengo algo con lo que acojonarle.
Ya sé que tengo esto un pelín abandonado. Intentaré asomar más la pezuña por aquí.
Ya sé que tengo esto un pelín abandonado. Intentaré asomar más la pezuña por aquí.
lunes, 9 de mayo de 2011
bosque
La montaña, la distancia, el camino. El conejo que se esconde en la madriguera. Las hojas de los árboles que caen lentamente mecidas por el viento. El águila majestuosa que vuela sobre su territorio, oteando el horizonte. El lobo que olfatea en busca de su presa. El bosque y sus silencios. El bosque y sus presencias. Tumbada observa el cielo, las nubes que se mueven rápidamente por el viento del sur. El sol suave que le baña, sus rayos se cuelan entre las ramas de los árboles. Siente la hierba fresca debajo de su cuerpo, el rocío fresco de la mañana. Descansa. Cierra los ojos unos segundos, respira el aroma del bosque, sus olores, sus sonidos, sus texturas. Retrata cada uno de los momentos que está viendo. Aunque intenta relajarse, no puede. Las manos a la espalda, atadas, le duelen. Siente la sangre agolpándose, se le duermen. Ha intentado desatarse por todos los medios, pero no ha podido. Se ha hecho más daño que otra cosa y además parece que las ligaduras se han apretado más que antes. No puede levantarse. Los pies atados también se lo impiden. La pierna derecha dejó de dolerle, no se acuerda hace cuanto. Hace días que cree que se rompió algo. Pero ahora ya no siente nada. Un crujido, una ramita que se rompe, pasos sobre el camino. Viene. Se acerca el fin. Cierra los ojos. Los vuelve a abrir. El sol suave le baña, el águila sobrevuela el cielo, entre las nubes, el rocío le moja la piel, el viento agita las hojas de los árboles. El silencio.
sábado, 7 de mayo de 2011
lobo
El lobo hambriento oteaba el horizonte. Las colinas escarpadas no presagiaban nada bueno, pero él no podía cesar en su empeño. Necesitaba alimento. A pesar de llevar varios días sin comer, no había perdido su porte majestuoso. Era enorme. Lo sabía, nadie podía con él. Solitario en la montaña se mantenía apartado de los demás, la manada ya no le importaba. Era su líder, pero ya no les dirigía. Ahora, había emprendido un camino mucho más arduo, no había marcha atrás. No lo quiso así, pero el destino lo había querido y ahora no tenía escapatoria. No se quejaba, afrontaba el desafío con valentía y honestidad. Aunque estaba cansado, aunque el camino era largo, aunque quizás no obtuviera recompensa, jamás se cansaría, eso era algo que tenía muy claro. Por la noche, ante la luna llena, aulló, se acercó al pequeño lago donde el disco de morfeo se reflejaba en todo su esplendor. Un pequeño descanso, sacíar la sed y vuelta al camino. El destino le estaba esperando. Fuese el que fuese.
domingo, 17 de abril de 2011
Aullidos
En la noche cerrada, la luna llena gigantesca como un faro escondida tras las nubes guiaba mis pasos, corría, huía, no sabía hacia donde ni porque. Sólo sabía que tenía que seguir corriendo. El aullido en mitad del silencio me desgarró. El terror me paralizó durante unos segundos. Tiempo perdido. Tenía que escapar, si me alcanzaban nunca podría salvarme. Seguí corriendo, me faltaba el aire, pero no podía parar. La luna cayó sobre mi implacable cuando el viento alejó a las nubes y en breves instantes ya no fui yo, fui otra, salvaje y descontrolada. Aullé en la noche. Por fin, me habían encontrado. Ahora la lucha sería entre iguales. Miré a la luna por unos instantes. Mis pupilas se dilataron. Enseñé mis colmillos. Estaba rodeada. Moriré antes de darme por vencida, sucios chuchos de montaña. Me lancé sobre ellos sin piedad. La luna fue testigo. Todo lo demás es historia.
viernes, 15 de abril de 2011
El cuento del cuento (III)
Ir al supermercado no me gusta. Montones y montones de estanterías colocadas estratégicamente para que consumas, pasillos interminables, señoras mayores que se cuelan delante tuyo y te miran con cara de odio con un fuet fuertemente agarrado en la mano. Peligro. Fui a comprar lo necesario, rápido y así poder salir pronto de allí. No encontraba los malditos cereales. Después de deambular por cinco pasillos diferentes, por fin los encontré. Cogí el paquete, fibra y frutas rojas. 'Yo prefiero los de chocolate', dijo el cuento. 'A mi me gustan más estos', le respondí yo. El cuento puso los brazos en jarras mirándome desde abajo, todo lo pequeño que era y me espetó: '¿Qué prefieres que te salga, un Chéjov o un churro?'. Ni que decir tiene que me llevé los cereales de chocolate. Esto se está empezando a parecer a un estado policial...
martes, 5 de abril de 2011
El cuento del cuento (II)
El cuervo se posó en el alféizar de la ventana. La había dejado abierta porque entraba una brisa fresca. Se posó y me miró tranquilamente como si fuera a hablarme. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. El cuento me dijo: 'Ni se te ocurra, eso ya lo pensó Poe hace más de un siglo'. Y se quedó tan ancho. A veces el cuento podía ser verdaderamente insoportable. Le hubiera partido la cara. Pero era el cuento, no podía hacerlo. Además, tenía razón.
viernes, 1 de abril de 2011
El cuento del cuento
El cuento picó a mi puerta. El timbré sonó. Eran las cuatro de la tarde y me había quedado adormilada en el sofá. Tenía que haber estado escribiendo pero no me salía nada, ni una palabra. Entonces el cuento llamó a mi puerta. Llevaba sombrero borsalino y botines. Vestía todo de negro. Y me dijo: 'He venido a conquistarte. La resistencia es inútil. !Ríndete!'. ¿Qué iba a hacer? Me rendí. ¡Dios! ¡Llevaba un borsalino! ¿Cómo me iba a resistir? Y el cuento me invadió. Desde entonces se ha instalado en mi casa.
viernes, 25 de marzo de 2011
Bruma
Tal y como vino, se fue. Un día de bruma, por la mañana, mientras caminaba por la calle apareció ante mí, como salido de la nada, entre la bruma. Lo vi todos los días por la mañana, a veces por la noche durante un mes hasta que un día aquel hombre desapareció en la bruma. Pero no es que se confundiera con ella, que su figura se siluetease y desapareciese mientras la bruma lo cubría, no. Sencillamente, su cuerpo empezó a desvanecerse, desmoronarse, a convertirse en bruma. Desapareció. Y lo más extraño de todo es que no me pareció inusual. Continué mi camino como si nada, hacía la bruma. Sin miedo a desaparecer.
sábado, 12 de marzo de 2011
zapatillas de ballet
Bailaba y bailaba sin parar, las paredes desnudas del gran apartamento, sin muebles ni accesorios, solo espacios vacíos donde poder danzar. Se entrenaba hasta desfallecer, con el tutú y las zapatillas, de puntillas de salón en salón. Se le exigía la perfección. Aunque no supiese que era aquello. Un día, tras horas y horas de práctica, por fin la dejaron sola. Vigilaban sus avances con minuciosidad, con lupa, todos y cada uno de sus pasos. Aquella tarde, por fin, le dieron un descanso y regresando a su habitación vio la luz que traspasaba la rendija de la puerta, aquella puerta que siempre estaba cerrada y que nunca le dejaban traspasar. Su padre se lo había prohibido. Entró sigilosamente, de puntillas, de pronto no podía dejar de bailar, las estancias que encontró estaban viejas y sucias, como si llevarán una eternidad abandonadas. Su padre, lloraba. Sentado ante la mesa de una cocina desportillada y en desuso, creyó que le vería y huyó a través de las habitaciones hasta un lugar luminoso. Parecía una excavación arqueológica, no sabía que era aquello. Había algunas personas trabajando, parecía que desenterraban los cimientos de una casa, pero el suelo era puro hielo, estaba helado, azul y frío. Danzó de puntillas hasta una pequeña elevación, un montículo. Ingenuamente pensó que desde allí tendría una mejor perspectiva del lugar. Al subir allí, el suelo empezó a deshacerse bajo sus pies, se hundió. Quemaba, ardía, las piernas le escocían, el dolor era insoportable. Jamás volvería a bailar. De golpe despertó. Estaba en su habitación, las zapatillas de ballet sobre el tocador. Se vistió, cogió una mochila, metió las cinco cosas más importantes que tenía y algo de ropa y se marchó. Nunca más volvería. Las zapatillas seguirían allí años y años, acumulando polvo, convirtiéndose en reliquias. Nunca más bailó.Fin
sábado, 26 de febrero de 2011
historias
-¿Te parece bonito tenerme aquí esperando?, me dijo.
Llevaba con la idea de escribir esta historia semanas pero no encontraba el momento, ni las ganas. Estaba todo en mi cabeza, el personaje, el escenario, la situación, solo faltaba ponerme delante del ordenador a teclear. Pero no fui capaz. Hasta que un día se plantó delante de mí y me espetó eso de:
-¿Te parece bonito tenerme aquí esperando?
Quien iba pensar que se me iba a aparecer mi propio personaje delante de las narices y que me iba a exigir que escribiera su maldita historia, cito textualmente, de una puta vez porque estaba hasta los cojones de esperar en el limbo. Yo seguía sin ganas pero lo cierto es que su mirada feroz, sus malas maneras y su actitud agresiva, y para que negarlo, el par de ostias que me dio, acabaron de convencerme. Y aquí estoy escribiendo una historia que hace semanas que me rondaba por la cabeza...
Inspirado por esta entrada en el blog de Neil Gaiman:
Sometimes I think that when I die, or perhaps as I am dying, I shall be confronted with my characters.
Not the ones you would expect, the ones who had their stories, but the other ones. The characters whose stories I planned to tell but never did. There was the girl who never made it into Season of Mists (was her name Carmen? I think it was) who talked about herself in the third person and described herself as "hard as effin nails", and the lonely journalist trying to investigate the Bender family in Kansas and elsewhere in the Michael Zulli Sweeney Todd story, and Jenny Kertin who is waiting for me to take her to the village of Wall and wishes I'd hurry it up...
Them, and a few dozen others, the people from the tales I never told, who have waited on the boundaries between the potential and the actual, in a ghostly limbo. They'll be so disappointed when I die. And I have no doubt I will feel guilty, for all the stories I'll never write.
Not that that'll be happening for some time to come. But I've been talking to friends of mine who are writers at the end of their lives, and it makes me think.
http://journal.neilgaiman.com/2011/02/one-of-those-slightly-random-too-long.html?utm_source=twitterfeed&utm_medium=twitter
Llevaba con la idea de escribir esta historia semanas pero no encontraba el momento, ni las ganas. Estaba todo en mi cabeza, el personaje, el escenario, la situación, solo faltaba ponerme delante del ordenador a teclear. Pero no fui capaz. Hasta que un día se plantó delante de mí y me espetó eso de:
-¿Te parece bonito tenerme aquí esperando?
Quien iba pensar que se me iba a aparecer mi propio personaje delante de las narices y que me iba a exigir que escribiera su maldita historia, cito textualmente, de una puta vez porque estaba hasta los cojones de esperar en el limbo. Yo seguía sin ganas pero lo cierto es que su mirada feroz, sus malas maneras y su actitud agresiva, y para que negarlo, el par de ostias que me dio, acabaron de convencerme. Y aquí estoy escribiendo una historia que hace semanas que me rondaba por la cabeza...
Inspirado por esta entrada en el blog de Neil Gaiman:
Sometimes I think that when I die, or perhaps as I am dying, I shall be confronted with my characters.
Not the ones you would expect, the ones who had their stories, but the other ones. The characters whose stories I planned to tell but never did. There was the girl who never made it into Season of Mists (was her name Carmen? I think it was) who talked about herself in the third person and described herself as "hard as effin nails", and the lonely journalist trying to investigate the Bender family in Kansas and elsewhere in the Michael Zulli Sweeney Todd story, and Jenny Kertin who is waiting for me to take her to the village of Wall and wishes I'd hurry it up...
Them, and a few dozen others, the people from the tales I never told, who have waited on the boundaries between the potential and the actual, in a ghostly limbo. They'll be so disappointed when I die. And I have no doubt I will feel guilty, for all the stories I'll never write.
Not that that'll be happening for some time to come. But I've been talking to friends of mine who are writers at the end of their lives, and it makes me think.
http://journal.neilgaiman.com/2011/02/one-of-those-slightly-random-too-long.html?utm_source=twitterfeed&utm_medium=twitter
domingo, 20 de febrero de 2011
Pasillos
Me citaron en aquel antiguo colegio abandonado. Recuerdo que pasé allí muchos momentos, jugando en su patio o por aquellos largos pasillos, nunca me los imaginé así. Abandonados. Viejos y sucios. Sin vida. Paseando en silencio, solo con el sonido de mis pasos en el eco de las aulas vacías, aquel sitio me dio pavor. El pasillo nunca me pareció tan estrecho, tan largo, ni tan oscuro. Era la hora convenida, pero no había aparecido nadie en el lugar. Tenía la mercancia. Una pequeña tarjeta de memoria. En mi mano, no parecía gran cosa. Pero dentro, dentro estaba el infierno. De pronto, un ruido conocido, como un riachuelo que corre por el bosque, agua. Un pequeño río, después un torrente, el agua cubriéndome los pies y de repente el pasillo se inundó hasta el techo y yo no pude hacer otra cosa que aferrar con fuerza la maltita tarjeta de memoria, aguantar el aire y nadar. ¿Hacía donde? No lo sabía pero se me acababa el aire y no sabía como salir de allí, de golpe, todas la puertas y ventanas parecían cerradas y solo estábamos, el pasillo, el agua y yo. Fui nadando a duras penas hasta el final del pasillo, la puerta de enfrente parecía en mal estado, quizás si la empujaba con fuerza podría abrirla, pero el aire se me acababa. Y al fin llegó, el último estertor, el último resto de aire y el agua entró con fuerza en mis pulmones, sentí como me anegaba por dentro. El fin, pensé. Ha llegado. Pero no pasó nada, seguí respirando. Ya me lo decía mi madre, en otra vida debiste ser pez. Por lo visto, tenía razón. Le pegué un patada a la puerta, más pasillos y más agua, bueno, ahora que podía respirar debajo del agua no me preocupaba. Pero pensé, cuando encuentre al maldito bastardo que me ha metido aquí, le hago tragarse la tarjeta de memoria debajo del agua...
miércoles, 16 de febrero de 2011
Señoras mayores pintadas en la piscina
Cada día me sorprende más ver a este raro especimen acuático que encuentro cada día en mis baños en la piscina. El agua, ese líquido elemento primordial que nos da vida, sirve para muchas cosas, entre ellas acoger a ese rara avis que es la señora mayor pintada. Con su gorrito de la época de mari castaña, sus labios rojos o rosa chillón, siempre en colores estridentes que llamen suficientemente la atención, sus cejas tan perfiladas que parecen desaparecer en una fina línea y el rimel que jamás se les corre. Lo cierto es que ese singular ejemplar de las aguas cálidas de las piscinas pequeñas y que no cubren, jamás se sumerge. Nada, por llamarlo de alguna manera, con el gaznate estirado hasta límites imposibles para evitar que su maquillaje se estropee o que su pelo se moje y sus maravillosos cardados ya aplastados de por si por el gorro, acaben destrozados. Otra de las características del especimen que nos ocupa es el lucimiento indudable de oropéles, pendientones de perlas, collares de oro reluciente o anillos con pedrusco incorporado. Todo el lote completo, el kit esencial de la maruja. No hay que olvidar que estas señora mayores pintadas son además un animal peligroso y que uno no se debe confiar ante su aspecto anodino e inofensivo, porque cuando nadan, les da igual que haya otros seres alrededor, invaden la piscina a manotazo limpio, el estilo natatorio que mejor se les da y si te tienen que avasallar en su camino, no tienen misericordia ni piedad. Lo más extraordinario de todo es que cuando pertrechado con unas gafas de buceo, el explorador de estos territorios se sumerge en las profundidades, poco profundas, de las piscinas de este tipo, se nos revela el secreto, la verdadera apariencia de estas señoras mayores pintadas, que detrás de la imagen que nos ofrecen en la superficie, como los iceberg, esconden un ser monstruoso, con un cuerpo descomunal y unos tentáculos largos y pegajosos de un color violáceo que asustarían al más intrépido aventurero. Afortunadamente, las señoras mayores pintadas mantienen las apariencias, poca gente se atreve a sumergirse en la piscina pequeña debajo de las aguas. Y ellas mantienen sus estupendos cardados bajo su gorro y sobretodo el venenoso color de sus labios encarnados. Aviso a todos los nadadores, mantengase alejados.
martes, 15 de febrero de 2011
Granada
He estado unos días de descanso en Granada, ciudad estupenda y maravillosa con un tesoro impresionante que es la Alhambra y esa maravilla de Generalife. Cuando sea mayor quiero un sitio así para ir a relajarme y tomarme el vermutillo al fresco. :-) Un sitio rodeado de agua, definitivamente soy un ser acuático, no hay duda.
En breve, nuevos relatos. Espero.
Besos a todos y bienvenida Dotdogson.
En breve, nuevos relatos. Espero.
Besos a todos y bienvenida Dotdogson.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Hemptshore
Cuando llegaron, nadie sabia quienes eran. Llegaron con sus barcos a la costa, todos fuimos a recibirlos con emoción, pero no sabíamos realmente lo que querían. Fuimos ingenuos, pero creímos que los dioses nos protegerían. No lo hicieron. Ahora vivimos escondidos, en los bosques, lejos del mar que nos vio crecer y nos alimentó. Ahora somos diferentes, ya nunca volveremos a ver la vida como la vimos. Ahora vivimos en los árboles, cazamos animales que nunca antes cazamos, comemos plantas que nunca antes comimos y vivimos escondidos, entre sombras. Antes el sol era uno de nuestros dioses, ahora lo son los árboles. Ellos nos protegen. A los pocos que quedamos. Nos hablan, nos cuentan historias ancestrales que nunca antes oímos. Ahora, cuando nos acercamos al mar, ya no entendemos lo que nos dice, nos habla, pero el sonido de su voz es irreconocible. Nos repudió el día que llegaron y nos arrebataron todo lo que quisimos. A veces, subo la ladera que separaba nuestro poblado del mar y miro como se agita y lucha con sus olas gigantescas en un día de furia y temporal, cuando ni siquiera los invasores se atreven a acercarse. Lo echo de menos. Alguna que otra vez, consigo entender lo que me dice, palabras sueltas, tristeza, dolor, abandono. Y le digo que no fue culpa nuestra, que él nos trajo la desgracia en sus grandes barcos y lo único que recibo es silencio. Esos días, vuelvo al bosque con lágrimas en los ojos. Sé que nunca volverá a ser igual, pero los árboles me reciben con sus ramas y sus hojas balanceándose con el viento y me cuentan historias de victoria y protección, me hacen sentir que formo parte de algo que va más allá de mi mismo. Sé que nunca olvidaré el mar que me vio nacer, pero ahora los árboles son mi casa. Ellos nos protegerán, pero nos advierten, tenemos que luchar. No podemos quedarnos esperando que ellos solos nos defiendan, no podemos hacer como ya hicimos, esperar que el mar nos defendiese. No podemos esperar que los dioses hagan nuestro trabajo. Ahora lo sabemos. Antes no. El mago de la tribu nos maldijo por eso, se fue a ofrecer sacrificios al mar, nunca más volvimos a verlo. Ahora vivimos mejor. Aprendemos día a día y nuestros hijos con nosotros. Es lo que cuenta. Sobrevivir. Aquí, al lado del mar o en el fin del mundo. Es lo que cuenta.
Paréntesis pingüinoso.
Gracias Juanjo por los pingüinos.
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