miércoles, 27 de julio de 2011

Fighting fire with arrows

Combatiendo el fuego con flechas. Todo arde y yo en medio. Nos atacan sin cuartel, no hay escapatoria. El sitio al castillo dura más de seis meses, nos morimos de hambre y de sed. Ya no nos quedan fuerzas, aún así, estamos vivos. Vivos para ver como nos masacrarán. El combate está perdido de antemano. Se abrió una brecha en la defensa de la fortaleza, nos traicionaron. Estamos vendidos. Vendidos por unas monedas de oro. 400 almas congeladas en el tiempo durante seis meses. Ahora por fin se desharán como la nieve cuando se acerca el calor. Todo está acabado. Las flechas sobrevuelan el cielo hacía el infinito, no tiene sentido, no nos salvarán pero es lo único que nos queda, por lo menos moriremos luchando. Eso no nos lo quitarán. El fuego se lo come todo, hasta las almas, que van directas al infierno. Sin purgatorio, sin penitencia. Condenadas. Nada de esto tendría que ser así, pero lo es. Cuando el fuego se acerca lamiéndolo todo, cuando parece que me va a consumir siento el frío, no me quema, me congela, me deja insensible, no grito, no sufro, no muero. Simplemente me quemo y desaparezco como tal, ahora soy otra. Todo ha cambiado. Veo las últimas flechas salir volando, ardiendo hacía la nada, atravieso las paredes de fuego, los muros que se derrumban, el campo de batalla, el camino del rey, el bosque y me pierdo. Nunca debí estar allí, ahora lo sé. Mi camino es otro y ya lo he comenzado.

Candye Kane, superwoman

Una de las cosas que más me gustan de ir a festivales de blues es descubrir músicos que no conozco, no soy ninguna experta del blues pero es un género que me gusta mucho, cada vez más. Lo de descubrir es  un eufemismo porque lo mismo es un yayito de 80 años que lleva 60 o más tocando, pero yo no lo había visto nunca. Este año en el Bluescazorla he podido ver a The Holmes Brothers, Candye Kane, Bobby Rush, Sharrie Williams y Charlie Musselwhite, entre otros. Y la verdad, tengo que decir que me impresionaron sobretodo los dos primeros. La voz de Candye Kane es espectacular, es una mujeraza que le sale el blues por todos los poros de la piel, tiene una voz potente y con carisma y para mi ofreció uno de los conciertos del festival. Un gran concierto además de divertido. Hace poco que ha superado un cáncer de páncreas y ha vuelto a los escenarios llena de energía positiva y ánimos. Agradecida de tener el blues y la música, y nosotros agradecidos de poder verla encima de un escenario. Nos dio recuerdos de Nick Curran que también está teniendo su batalla personal contra el cáncer, tenía que actuar el día anterior pero suspendió la gira por una recaída. Ánimos para él desde aquí, esperamos tenerlo de vuelta en la carretera pronto. El concierto de Candye Kane no solo nos dio su potente voz bluesera sino que también descubrimos a Laura Chávez, una guitarrista espectacular que nos dejó a todos patidifusos. Lo de esta mujer no tiene nombre, te toca lo que le eches y hace unas virguerías que ya quisieran otros que se hacen llamar grandes maestros de la guitarra. Y encima sin chulerías. Una virtuosa. Puro blues, lo de estas dos mujeres.

Muy pero muy recomendable su último disco Superhero, lo publicó en 2009 y ya está trabajando en uno nuevo coproducido y compuesto conjuntamente con Chávez. A la espera me quedo de escuchar esa maravilla. Superhero resuena en mis oídos mientras escribo esto.
Ahí les dejo un par de vídeos. A disfrutar!!

martes, 26 de julio de 2011

Blame Bonamassa

Los caminos del periodismo te llevan a veces a situaciones curiosas. Llegar a un festival o a un concierto y ver que de las 20 personas acreditadas ni la mitad son periodistas es de vergüenza ajena. Cuando colaboras habitualmente con medios tanto escritos como electrónicos y te cuesta conseguir una acreditación pero ves como acreditan a personas que no solo no publican en ningún sitio sino que ni son periodistas ni fotógrafos ni nada parecido, piensas que algo va mal en este país. Pero es curioso, siempre están ahí. En una cola de espera de periodistas y algunos que se hacen llamar 'periodistas' nos encontramos una queja habitual de este sector intrusista. No es que haya poca luz para hacer la fotos, ni que el responsable de prensa nos cite a una hora y venga tres más tarde, ni que el artista no nos conceda una entrevista, ni ninguna otra cosa que dificulte nuestro trabajo periodístico. Las quejas más habituales suelen ser: la birra no es gratis y no se ha querido hacer una foto conmigo. Porque no nos engañemos esta gente que no son periodistas ni son nada, van allí a hacerse la foto con el artista de turno. ¿A quién le importa el concierto sino se van con su fotito abrazados al cantante de tal o cual grupo? ¡¡Y yo preocupada porque no me pasan el setlist para poder hacer mejor mi crónica!! Debo estar loca. ¡Ah no! ¡qué soy periodista! Será eso. Y la culpa de todo la tiene Bonamassa porque es un borde y no se para a hacerse una foto con ellos. No podía ser de otra manera. Así nos va.

lunes, 25 de julio de 2011

El sonido vacío de las palabras huecas

Últimamente parece que la gente va a los conciertos a hablar, es algo que sinceramente no soporto. Estás en primera fila y lo único que oyes es un murmullo cada vez más fuerte de gente que está de espaldas al escenario y que parece que le importa un pimiento lo que sucede en él. Es una nueva moda, que en los festivales arrasa y que en los conciertos se está extendiendo. Es la moda de ir al concierto a lucirse, ir a un concierto como el que va a un acto social, a pasar el rato, echar unas birras y a socializarse pero no a escuchar música. Y el que quiera ver un concierto tranquilamente que se joda, ¿a quién le interesa la música? ¿A quién le importa? Es una molestia más que impide al amante de la música disfrutar de los directos. Lo de los festivales ya es de órdago. Llega casi a la vergüenza ajena. Más que un festival de música parece un pase de modelos. Los guiris no han ayudado mucho todo sea dicho, pero los de casa parece que le han cogido el gusto a lo de molestar. Que dos o tres personas se planten delante tuyo de espaldas al escenario y se pongan a hablar de si primero van al merchandising o a cambiar tickets para birras cuando tú estás intentando ver un concierto es alucinante y más cuando les dices educadamente, si se pueden apartar o ir a hablar a otro sitio que estás intentando ver un concierto. Con un poco de suerte no te pegarán. En eso se está convirtiendo este país de burro y pandereta. En el paraíso de los maleducados y de la gente a la que la cultura solo le interesa si es gratis, es una juerga y está llena de birras pero a la que la música en realidad le importa un pimiento, lo mismo da que esté tocando delante suyo un genio de la música, la cola de los tickets para birras siempre será más importante. A veces, te dan ganas de tirar la toalla, pero por suerte a algunos de nosotros la música si nos interesa. Por suerte.

sábado, 2 de julio de 2011

el cuento del cuento (V)

Al cuento le gusta el metro. Piensa que es ideal. Los trayectos cortos le dan la justa medida para leer historias cortas. Le gusta la nueva línea 9 del metro de Barcelona, son apenas ocho paradas y hay poca gente. Se puede leer tranquilo. Se sienta conmigo y observa mientras leo. Absorbe información. Nunca se sabe de donde puede venir una buena idea para escribir. Lo que no le gusta mucho es que lea novelas. Asegura que en el metro deberían estar prohibidas. Cuando llegas a tu parada te quedas a medias. Con los relatos cortos eso no pasa, afirma. Tiene en parte razón, pero no por eso voy a dejar de seguir leyendo novelas en el metro. Cuando quiero sacarlo de sus casillas y picarlo me llevo un buen mamotreto, algo así como Guerra y Paz de Tolstoi. Se pone azul de rabia, parece un pitufo. Pero al final acaba aceptándolo, sino no lo llevo conmigo. Creo que tiene miedo de que se lo estampe en la cabeza. A veces, puedo tener muy mala leche, sobretodo cuando un cuento respondón se pone pesado.

jueves, 16 de junio de 2011

Centauros en la noche

Centauros en la noche. Al menos eso era lo que pensaba. La imagen que le venía a la cabeza cuando cerraba los ojos, cuando por fin conseguía conciliar el sueño, era eso lo que veía. Hombres oscuros que se alimentaban de la luna, seres mitad hombre-mitad caballo que cabalgaban en la noche escondiéndose, criaturas nocturnas que aullaban a la oscuridad. Centauros en la noche, la luna llena y la inmensidad del cielo estrellado. Al principio los sueños le gustaban, seres increíbles que tomaban forma en su imaginación, pensaba. Pero luego, los sueños eran cada vez más oscuros y tenebrosos, sentía el frío en los huesos, el viento helado y la oscuridad que la carcomía por dentro. Iba en su sueño caminando por un bosque cuando el aullido del lobo la estremeció y la luz brillante de la luna la bañó al llegar a un claro entre los árboles. El dolor la invadió y cayó de bruces al suelo. Su cuerpo se convulsionaba y pensaba que iba a morir. ¿Qué le estaba pasando? Su cuerpo empezó a estirarse y a transformarse, le salió una cola larga y sedosa de pelo, las piernas se le deformaron y se multiplicaron hasta convertirse en cuatro, le salieron cascos, pezuñas, ¿qué era aquello? No sabía. Solo sabía que el dolor era insoportable. Perdió el conocimiento y cuando se despertó. Su cuerpo era mitad ella, mitad caballo. Centauros en la noche, pensó. Es mi sueño, me he convertido en centauro. Trotó por el bosque en busca de las llanuras y allí se reunió con los suyos. El frío acechaba y tenían que huir. Era el momento de marcharse le decían. Pero ella no podía irse aquel, era su hogar. Un ruido aterrador los sorprendió a todos y la manada huyó lejos dejándola atrás, cuando se giró para ver lo que los aterrorizó, soltó un grito desgarrador, sabía que iba a morir. Se despertó empapada en un sudor frío maldiciendo su sus sueños. Era de noche, la pesadilla había terminado pero ella seguía inquieta. Se asomó a la ventana y allí estaban esperándola. Su manada. Tuvo el impulso de girarles la espalda e ignorarlos pero no pudo. Nunca supo porque, la sangre le llamaba. Salió de su casa para siempre y no volvió. Algún día tendrían que enfrentarse a la oscuridad pero aún faltaba y hasta entonces tenía mucho que aprender, por lo menos ya estaba en casa. Con los suyos.

El cuento del cuento (IV)

Pingüino Uno y el Cuento no se llevan bien. Es que el Cuento es pequeño pero matón y tiene una mala leche impresionante. Eso a Pingüino Uno le importa un iceberg. Piensa seguir su viaje le guste o no al Cuento. Lo cierto es que el Cuento está celoso, sabe que él es cortoplacista y que Pingüino Uno es un valor a largo plazo. Está claro, al Cuento la competencia no le gusta y la palabra novela le aterra. Ya tengo algo con lo que acojonarle.

Ya sé que tengo esto un pelín abandonado. Intentaré asomar más la pezuña por aquí.

lunes, 9 de mayo de 2011

bosque

La montaña, la distancia, el camino. El conejo que se esconde en la madriguera. Las hojas de los árboles que caen lentamente mecidas por el viento. El águila majestuosa que vuela sobre su territorio, oteando el horizonte. El lobo que olfatea en busca de su presa. El bosque y sus silencios. El bosque y sus presencias. Tumbada observa el cielo, las nubes que se mueven rápidamente por el viento del sur. El sol suave que le baña, sus rayos se cuelan entre las ramas de los árboles. Siente la hierba fresca debajo de su cuerpo, el rocío fresco de la mañana. Descansa. Cierra los ojos unos segundos, respira el aroma del bosque, sus olores, sus sonidos, sus texturas. Retrata cada uno de los momentos que está viendo. Aunque intenta relajarse, no puede. Las manos a la espalda, atadas, le duelen. Siente la sangre agolpándose, se le duermen. Ha intentado desatarse por todos los medios, pero no ha podido. Se ha hecho más daño que otra cosa y además parece que las ligaduras se han apretado más que antes. No puede levantarse. Los pies atados también se lo impiden. La pierna derecha dejó de dolerle, no se acuerda hace cuanto. Hace días que cree que se rompió algo. Pero ahora ya no siente nada. Un crujido, una ramita que se rompe, pasos sobre el camino. Viene. Se acerca el fin. Cierra los ojos. Los vuelve a abrir. El sol suave le baña, el águila sobrevuela el cielo, entre las nubes, el rocío le moja la piel, el viento agita las hojas de los árboles. El silencio.

sábado, 7 de mayo de 2011

lobo

El lobo hambriento oteaba el horizonte. Las colinas escarpadas no presagiaban nada bueno, pero él no podía cesar en su empeño. Necesitaba alimento. A pesar de llevar varios días sin comer, no había perdido su porte majestuoso. Era enorme. Lo sabía, nadie podía con él. Solitario en la montaña se mantenía apartado de los demás, la manada ya no le importaba. Era su líder, pero ya no les dirigía. Ahora, había emprendido un camino mucho más arduo, no había marcha atrás. No lo quiso así, pero el destino lo había querido y ahora no tenía escapatoria. No se quejaba, afrontaba el desafío con valentía y honestidad. Aunque estaba cansado, aunque el camino era largo, aunque quizás no obtuviera recompensa, jamás se cansaría, eso era algo que tenía muy claro. Por la noche, ante la luna llena, aulló, se acercó al pequeño lago donde el disco de morfeo se reflejaba en todo su esplendor. Un pequeño descanso, sacíar la sed y vuelta al camino. El destino le estaba esperando. Fuese el que fuese.

domingo, 17 de abril de 2011

Aullidos

En la noche cerrada, la luna llena gigantesca como un faro escondida tras las nubes guiaba mis pasos, corría, huía, no sabía hacia donde ni porque. Sólo sabía que tenía que seguir corriendo. El aullido en mitad del silencio me desgarró. El terror me paralizó durante unos segundos. Tiempo perdido. Tenía que escapar, si me alcanzaban nunca podría salvarme. Seguí corriendo, me faltaba el aire, pero no podía parar. La luna cayó sobre mi implacable cuando el viento alejó a las nubes y en breves instantes ya no fui yo, fui otra, salvaje y descontrolada. Aullé en la noche. Por fin, me habían encontrado. Ahora la lucha sería entre iguales. Miré a la luna por unos instantes. Mis pupilas se dilataron. Enseñé mis colmillos. Estaba rodeada. Moriré antes de darme por vencida, sucios chuchos de montaña. Me lancé sobre ellos sin piedad. La luna fue testigo. Todo lo demás es historia.

viernes, 15 de abril de 2011

El cuento del cuento (III)

Ir al supermercado no me gusta. Montones y montones de estanterías colocadas estratégicamente para que consumas, pasillos interminables, señoras mayores que se cuelan delante tuyo y te miran con cara de odio con un fuet fuertemente agarrado en la mano. Peligro. Fui a comprar lo necesario, rápido y así poder salir pronto de allí. No encontraba los malditos cereales. Después de deambular por cinco pasillos diferentes, por fin los encontré. Cogí el paquete, fibra y frutas rojas. 'Yo prefiero los de chocolate', dijo el cuento. 'A mi me gustan más estos', le respondí yo. El cuento puso los brazos en jarras mirándome desde abajo, todo lo pequeño que era y me espetó: '¿Qué prefieres que te salga, un Chéjov o un churro?'. Ni que decir tiene que me llevé los cereales de chocolate. Esto se está empezando a parecer a un estado policial...

martes, 5 de abril de 2011

El cuento del cuento (II)

El cuervo se posó en el alféizar de la ventana. La había dejado abierta porque entraba una brisa fresca. Se posó y me miró tranquilamente como si fuera a hablarme. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. El cuento me dijo: 'Ni se te ocurra, eso ya lo pensó Poe hace más de un siglo'. Y se quedó tan ancho. A veces el cuento podía ser verdaderamente insoportable. Le hubiera partido la cara. Pero era el cuento, no podía hacerlo. Además, tenía razón.

viernes, 1 de abril de 2011

El cuento del cuento

El cuento picó a mi puerta. El timbré sonó. Eran las cuatro de la tarde y me había quedado adormilada en el sofá. Tenía que haber estado escribiendo pero no me salía nada, ni una palabra. Entonces el cuento llamó a mi puerta. Llevaba sombrero borsalino y botines. Vestía todo de negro. Y me dijo: 'He venido a conquistarte. La resistencia es inútil. !Ríndete!'. ¿Qué iba a hacer? Me rendí. ¡Dios! ¡Llevaba un borsalino! ¿Cómo me iba a resistir? Y el cuento me invadió. Desde entonces se ha instalado en mi casa.

viernes, 25 de marzo de 2011

Bruma

Tal y como vino, se fue. Un día de bruma, por la mañana, mientras caminaba por la calle apareció ante mí, como salido de la nada, entre la bruma. Lo vi todos los días por la mañana, a veces por la noche durante un mes hasta que un día aquel hombre desapareció en la bruma. Pero no es que se confundiera con ella, que su figura se siluetease y desapareciese mientras la bruma lo cubría, no. Sencillamente, su cuerpo empezó a desvanecerse, desmoronarse, a convertirse en bruma. Desapareció. Y lo más extraño de todo es que no me pareció inusual. Continué mi camino como si nada, hacía la bruma. Sin miedo a desaparecer.

sábado, 12 de marzo de 2011

zapatillas de ballet

Bailaba y bailaba sin parar, las paredes desnudas del gran apartamento, sin muebles ni accesorios, solo espacios vacíos donde poder danzar. Se entrenaba hasta desfallecer, con el tutú y las zapatillas, de puntillas de salón en salón. Se le exigía la perfección. Aunque no supiese que era aquello. Un día, tras horas y horas de práctica, por fin la dejaron sola. Vigilaban sus avances con minuciosidad, con lupa, todos y cada uno de sus pasos. Aquella tarde, por fin, le dieron un descanso y regresando a su habitación vio la luz que traspasaba la rendija de la puerta, aquella puerta que siempre estaba cerrada y que nunca le dejaban traspasar. Su padre se lo había prohibido. Entró sigilosamente, de puntillas, de pronto no podía dejar de bailar, las estancias que encontró estaban viejas y sucias, como si llevarán una eternidad abandonadas. Su padre, lloraba. Sentado ante la mesa de una cocina desportillada y en desuso, creyó que le vería y huyó a través de las habitaciones hasta un lugar luminoso. Parecía una excavación arqueológica, no sabía que era aquello. Había algunas personas trabajando, parecía que desenterraban los cimientos de una casa, pero el suelo era puro hielo, estaba helado, azul y frío. Danzó de puntillas hasta una pequeña elevación, un montículo. Ingenuamente pensó que desde allí tendría una mejor perspectiva del lugar. Al subir allí, el suelo empezó a deshacerse bajo sus pies, se hundió. Quemaba, ardía, las piernas le escocían, el dolor era insoportable. Jamás volvería a bailar. De golpe despertó. Estaba en su habitación, las zapatillas de ballet sobre el tocador. Se vistió, cogió una mochila, metió las cinco cosas más importantes que tenía y algo de ropa y se marchó. Nunca más volvería. Las zapatillas seguirían allí años y años, acumulando polvo, convirtiéndose en reliquias. Nunca más bailó.

Fin